(...) relaté rápidamente y por encima mis viajes por las cinco partes del mundo, mis exploraciones por las cumbres de las montañas y por las entrañas de la tierra, desde la cima del Illimani hasta las profundidades de las minas de Poullaouën; hablé de los géiseres o volcanes de lodo de Islandia, del cráneo puntiagudo de los semínolas, de los ritos de Juggernaut, de los suplicios chinos, cuya simple nomenclatura llenaría un diccionario del grosor de nuestras páginas amarillas, de las sectas de magos que bailan en África con bastones de azufre encendido bajo los sobacos, del pasaporte tatuado sobre mi espalda que me había dado como prueba de afecto Zuezué-Anadezué-Rakartapakué-Bué-Anazenopati-Abdulrakem-Penanntogomo V, rey de las islas de Honolulu y de Mooloo-Loo, de los árboles indios en cada una de cuyas hojas se encuentra escrito un pensamiento de Buda, del culto de la serpiente entre los caníbales de la Tierra de fuego (serpiente que para matar se contenta con morder la sombra humana sobre la arena, bajo el sol), de los jugos de la cicuta crucífera del polo austral, cuya infusión proporciona siempre la misma clase de alucinaciones y que contiene los reflejos del mundo antediluviano; de la religión del Canadá, que consiste en creer que el universo ha sido creado por una gran liebre; de los niams-niams u hombres que tienen cola de chimpancé y que están clasificados por delante del gorila y por debajo del negro cafre, en la aparente escala de las criaturas (tal como lo demuestro en mi tratado titulado: Sobre el Renacuajo); del gran lama tibetano cuyo regio rostro permanece siempre velado desde su nacimiento hasta su muerte; del jefe de la tribu zelandesa Ko-li-ki (Rey de reyes) que no vive más que para quitar a sus súbditos (cuando pasa por las chozas) grandes trozos de carne, arrancándolos de una dentellada de las partes más sabrosas; hablé de los grandes árboles, de las olas, de los acantilados y de las lejanas aventuras. Tuve en mis manos los dados; me aproveché de la ocasión; agité los cascabeles de las bromas; conté con aplomo todas estas tonterías; hablé de esto, de aquello, a derecha e izquierda, a tontas y a locas, pensando que, después de todo, era lo suficientemente bueno para ellos ¡En resumen, estuve encantador!